PERONISMO / ANTIPERONISMO

“PERONISMO/ANTIPERONISMO y el diccionario de los argentinos (1945 – 1976)”, en Revista Rábida, Huelva, Diputación Provincial de Huelva, Andalucía, España, ISSN 1130-5088, Nº. 24, 2005, pp. 109-118.

 

PERONISMO / ANTIPERONISMO

y el diccionario de los argentinos (1945 – 1976)

 

 

Dra. Alicia Poderti

Consejo Nacional de Investigaciones

Científicas y Técnicas, Argentina.

 

 

 

 

 

Se dice que el peronismo es el “hecho maldito” de la historia argentina. Pero esta definición no emana de las filas del antiperonismo. A comienzos de los ’60 y durante los años de exilio de Perón en Madrid, John William Cooke, el delegado del líder, definía irónicamente al fenómeno del peronismo como el “hecho maldito que acarreaba tantos pesares al país burgués”. 

 

Así, el peronismo está atravesado por un itinerario de odios y de amores que pueden ser relevados, por un lado, a través del análisis de los epítetos descalificatorios que pueblan el vocabulario de los antiperonistas. Otro camino es el de los mitos, las versiones posmodernas de este fenómeno socio-político, escuchando las voces del pueblo y de los intelectuales que adhirieron al movimiento para recrear sus pasiones en su producción testimonial, historiográfica y ficcional. 

 

 

Por ello, la historia conceptual se convierte en la herramienta básica para el estudio de la re-configuración de las fronteras conceptuales llevadas a cabo por los actores políticos, enarbolando los apotegmas del peronismo. Este enfoque pone a la historia conceptual en una más estrecha relación con la historia social.

 

El peronismo desempeñó un papel central en las relaciones políticas argentinas de la segunda mitad del siglo XX. Sus gobiernos nacionales impulsaron transformaciones de la sociedad y del estado con proyectos que hasta hoy generan preguntas en el campo de las ciencias sociales. Así, el tema del peronismo ha sido atravesado por confrontaciones ideológicas y juicios de valor de los más diversos signos (Cfr. Sidicaro, 2002: 11).

 

En este sentido, el dirigente peronista Antonio Cafiero describe la actitud del medio universitario frente a los simpatizantes del movimiento:

 

“Perón y el naciente peronismo eran una mala palabra en los claustros. Debíamos defendernos de todo tipo de agresiones y soportar los motes y calificativos que nos propinaban: “nazis, “fascistas”, “falangistas”, “espías japoneses”, etc. A los que pronto se sumaron las alusiones a nuestra condición de miembros del llamado “aluvión zoológico”, que había invadido el país con el peronismo” (Cafiero, 2002: 24).

 

En este trabajo recorreremos algunas de esas construcciones que explican qué fue el peronismo y cuáles fueron los procesos lingüísticos y simbólicos de “peronización” y “desperonización” que hubo de atravesar el país de los argentinos.

 

 

La “peronización”

Con esta forma verbal se identificó a la labor de propagación y transferencia a todos los campos sociales de la “Doctrina Peronista”[1]. Pero como decía Perón: “una doctrina sin teoría resulta incompleta, pero una doctrina y una teoría sin las formas de realizarlas resultan inútiles” (1º de marzo de 1951, en Perón, 1997: 137). Este principio es el que impulsa la creación de la Escuela Superior Peronista, depositaria del saber generado en el seno del partido, “ordenadora” de esos conocimientos y transformada en la unidad de acción y el medio que permite poner la teoría en ejecución. Este centro se encargaba de “predicar” –como pide Perón (1997: 143)-, las formas de ejecutar las pautas doctrinarias.

 

En un impreso original de esta Escuela, difundido en 1955, puede leerse cómo las distintas secciones de la publicación resultan un compendio de la historia “oficial” y aquellos elementos raigales que hacen al desarrollo de los postulados peronistas. En ese ejemplar se reúnen los tramos vitales de la Doctrina “Nacional”, tales como el significado de las fechas del peronismo, la enunciación de los postulados doctrinarios básicos, las acciones de Perón que lo llevaron al Gobierno, la primera edición de la Doctrina Peronista, la propuesta de los planes Quinquenales y la trascendencia internacional de la Doctrina Peronista, así como la declaración de “universalidad” de sus principios (Escuela Superior Peronista, 1955).

 

El Estado intervencionista se reservaba además una participación fundamental en el sistema educativo, al ser el vehículo privilegiado para la difusión de las ideas y la doctrina peronistas. De acuerdo al estudio de Adriana Puiggrós (1993), este proceso de adoctrinamiento educativo llegó a su apogeo a partir de 1953, cuando se introdujeron nuevos libros de texto en las escuelas primarias, redactados bajo una concepción netamente peronista. Los retratos del Presidente y de la difunta Primera Dama observaban a los alumnos desde sus páginas; citas de sus discursos inundaban las hojas, así como los elogios a cada acción del General, y el culto a la personalidad de la pareja presidencial se hizo evidente.

 

Esos textos fueron publicados bajo instrucciones precisas y sus autores debían presentarse a concurso. En esas instrucciones se indicaban los contenidos a incluirse en los libros. Los textos eran aprobados tras una lectura minuciosa de los inspectores y solamente luego de confirmarse que cumplían con los criterios establecidos. En 1950 se solicitó a los docentes que llenaran un formulario en el que debían aclarar por escrito si estaban afiliados al partido peronista o si tenían intenciones de afiliarse en el futuro.

 

La Doctrina Peronista explicita que a los regímenes capitalistas nunca se les ocurrió que también era necesario “educar al soberano”, en el sentido social de la masa popular. En el decir de Perón, el 15 de enero de 1951:

 

“Nosotros, los justicialistas, creemos y estamos convencidos de la necesidad de elevar la cultura de los pueblos, de la necesidad de llevar la ciencia a su más alto conocimiento, de elevar la cultura general, de crear por el Estado todas las escuelas que permitan a los hombres desarrollar cada día más el grado de cultura general y particularizada (Perón, 1997: 183).

 

Entre los postulados más importantes para el nuevo paradigma educativo debe resaltarse el alejamiento de las tendencias enciclopedistas, orientando la enseñanza primaria, secundaria y universitaria hacia contenidos más locales (26 de julio de 1947, Perón, 1997: 442). En lo que respecta a la incumbencia del Gobierno Nacional en el régimen interno de las universidades, Perón declara que no se ha de entrometer en las cuestiones de las casas de altos estudios, pero pide, a cambio que la Universidad no intervenga en los asuntos que a él, como Presidente, le competen: “Cada uno en su casa y Dios en la de todos” (28 de julio de 1947, Perón, 1997:443). 

 

Dentro del esquema de “peronización” la Constitución de 1949 aclaraba cuáles eran los valores que debían regir la educación de las generaciones futuras. Para ello, los maestros recibieron instrucciones acerca de cómo enseñar a los alumnos capítulos completos de los programas económicos del gobierno y citar párrafos de discursos del líder. Tras la muerte de Evita, su libro “La razón de mi Vida”, fue convertido en material de lectura obligatoria.

 

El 14 de noviembre de 1947, al recibir el título de doctor Honoris Causa, Perón sintetizó algunos aspectos de su concepción referente a una “pedagogía peronista”:

 

"En el desenvolvimiento de esa idea de superación argentina he tratado de formar una concepción integral, pues el crecimiento biológico de las naciones, lo mismo que los individuos, ha de realizarse de forma pareja y equilibrada, ya que el desarrollo de un miembro o de una función orgánica a expensas de los otros, entra de lleno en el campo de la patología."

 

Según el estudio de Corbière (1999), el biologicismo y el organicismo social peronista tienen su base en el spencearismo y no en el irracionalismo espiritualista del fascismo cultural o del catolicismo integral. Otro elemento de influencia, es el krausismo, que ya existía en el imaginario pedagógico desde los años veinte y treinta. Las ideas krausistas eran explícitas en el pensamiento de la UCR, específicamente en el de Yrigoyen. De ese pensamiento abreva el peronismo, como lo hizo el socialismo argentino y otras corrientes pedagógicas. Este marco impregnó los textos de lectura junto a los temas propios del peronismo: desarrollo industrial, ahorro, movimiento obrero, empresas públicas nacionalizadas, reforma agraria, realizaciones en salud, seguridad social, los Planes Quinquenales, la Constitución de 1949, la independencia económica. Pero sobre todo se privilegiaba, en estos textos, la propaganda de exaltación de las figuras de Perón y de Evita.

 

Los libros de lectura de la época analizados por Emilio Corbière, como el titulado “Ronda Infantil”, incluían textos como éste: “En la Argentina Justicialista, la tierra es nuestra ¿De los que la trabajan! -como dice nuestro Presidente el general Perón –repite con entusiasmo don Lisandro-.“ En el libro “Privilegiados”, junto a una fotografía del General Perón se enseña el silabeo a la vez que se adoctrina: “Nuestro presidente/ Presidente/ Pre-si-den-te/ pre/ Nuestro presidente es el primer trabajador./ Dijo: la consigna de la hora presente es trabajar más producir más, ahorrar más./ Prado - premio - primavera- preso – compra - profesor - aprende - precio”. Mientras otra lectura expresa, en letra manuscrita y con figuras de Eva Perón: “veo a mamá/ mi mamá/ me ve/ Eva amó a mamá/ Eva me amó (en Corbière, 1999: 101-119).

 

Como también advierte Emilio Corbière en su libro “Mamá me mima. Evita me ama”, en los manuales escolares del período comprendido entre 1947 y 1955, Perón no se comparaba con Rosas, ni con los caudillos federales, ni con Yrigoyen. Sus paradigmas eran San Martín, Belgrano, Sarmiento, Mitre y Rivadavia. El libro “Justicialismo” tiene profusas láminas con el rostro de Sarmiento. Lo principal de la pedagogía peronista era exaltar los símbolos y paradigmas propios: Perón, y Evita. Los aspectos religiosos en los libros de lectura infantil se plantean mediante un cristianismo secular. El culto evitista alcanza su cumbre en el libro Evita, de lectura inicial para niños de cinco y seis años.

 

Otro campo predilecto para el proceso de “peronización” sería el control de los medios de difusión y el diseño de un sistema propagandístico específico. Dentro de este esquema, el diario Democracia pasa a ser uno de los principales órganos de difusión del partido peronista. Una vez expropiado el diario La Prensa (que queda bajo el control de la CGT), Democracia canalizaba el discurso hegemónico del poder. Este periódico se ocupaba muy especialmente de las actividades de la primera dama y diariamente destinaba una columna de su edición para reseñar la labor que ella llevaba a cabo en el ámbito gremial. Según consigna Félix Luna (1985: 14), la expropiación del diario La Prensa cerró el proceso iniciado entre 1947/48 con la adquisición por parte del gobierno de algunos de los periódicos de mayor circulación y profundizó la actuación de la “Comisión Visca”.

 

Dentro del dispositivo de propaganda estatal, el gobierno de Perón había creado las condiciones necesarias para tener bajo su control las radioemisoras más importantes y casi la totalidad de los periódicos (Sidicaro, 1993). Slogans como "Perón cumple, Evita dignifica",  acompañaban los carteles con retratos de Perón y Eva. El 8 de agosto de 1952, la ciudad de La Plata, pasó a llamarse Eva Perón. Ya existían provincias con el nombre de Eva Perón (La Pampa) y Presidente Perón (Chaco). Acerca de la desmedida propaganda peronista, Arturo Jauretche decía: “Cuidado, que cuando todo suena a Perón, es que suena Perón” (en Maceyra, 1984, 69)

 

Otro campo de “peronización” fue la conquista de un sector social antes completamente relegado: el de los “trabajadores”, identificados también en los discursos y documentos peronistas como “obreros”, “descamisados” o “grasitas”, tal como analizaremos más adelante. Él es el gran protagonista de esta etapa política. Así como el caudillo Güemes transformó al “gaucho” en el tipo social preponderante de la guerra de la independencia (Cfr. Poderti, 1999), Perón y Evita recuperan del anonimato al trabajador para elevarlo a un status inédito en la historia argentina.

 

Perón define los términos de este re-posicionamiento de la clase trabajadora en el panorama social de Argentina en un discurso pronunciado en Rosario: “Queremos que desaparezca de nuestro país la explotación del hombre por el hombre, y que, cuando ese problema desaparezca, igualemos un poco las clases sociales para que no haya, como he dicho ya, en este país, hombres demasiado pobres ni hombres demasiado ricos” (Perón, 1997: 15-18). La importancia otorgada al trabajo se refuerza en apotegmas peronistas como: “de la casa al trabajo y del trabajo a la casa”.

 

 

La “desperonización” 

Una vez que el general Perón es derrocado, en setiembre de 1955, comenzará el largo e infructuoso proceso de “desperonizar” al país. El ánimo persecutorio de la "Revolución Libertadora" alcanzó su más alta manifestación durante el estallido conspirativo de junio de 1956, preparada por los generales Juan José Valle y Raúl Tanco. Por orden del Presidente Aramburu, Valle y varios de sus colaboradores fueron fusilados, medida que retrotrajo al país a las épocas más crueles de su historia. El dilema del gobierno provisional residía en producir una salida constitucional evitando por todos los medios el retorno peronista. Sin embargo, las elecciones de julio de 1957 dieron la mayoría al electorado peronista. El objetivo de "desperonizar" al país que se había propuesto la Revolución Libertadora había fracasado en esta primera instancia.

 

 

Otros eslabones legales condicionarían la difusión del partido, incluso para impedir la eventual coronación electoral del peronismo, luego de que el gobierno de Guido, el 25 de abril de 1962, anunciara la decisión oficial de convocar a elecciones. En este panorama se generan variados instrumentos legales que contribuyen a asfixiar al peronismo, entre ellos el “Estatuto de los Partidos Políticos”, sancionado el 24 de julio de 1962, sutil instrumento proscriptivo, ya que no permitía al peronismo siquiera actuar de manera tangencial en la historia del país.

 

A esta situación paralizante contribuirían los siguientes decretos: Nº 7.165/62, de prohibición de la propaganda y difusión de doctrinas o elementos de afirmación peronista; Nº 2.713/63, según el cual el gobierno tenía poder de proscribir a todo aquel que elogiara durante la campaña electoral al régimen peronista, al partido o al mismo ex mandatario Juan D. Perón; Nº 4.046/63, que excluyó al partido Unión Popular (integrante del Frente y que canalizaba los votos peronistas) de toda posibilidad de acceder a cargos lectivos a nivel nacional; Nº 4.784/63, que extendió la prohibición de participación electoral a los candidatos y electores de presidente y vicepresidente.

 

La persecución de intelectuales y allegados al peronismo fue otra forma de “disolver” el partido peronista y tratar de desterrarlo de la memoria de los argentinos.

 

A pesar de estas medidas, los intelectuales peronistas desarrollaron formas de periodismo clandestino que serían los canales de comunicación para constituir la llamada “primera resistencia”. La llamada “Resistencia Peronista” es el proceso que se desarrolló a partir del derrocamiento de Perón, en 1955 y se prolongará durante su exilio. Desafiando al “gorilismo”, los simpatizantes o “neoperonistas” instrumentaron tácticas de supervivencia del ideario justicialista y siempre apuntaron a preparar el camino para el regreso del líder. Un papel preponderante dentro de la organización de esta resistencia le cupo a John William Cooke, delegado de Perón para mantener viva su imagen y transmitir sus proyectos respecto al futuro de Argentina.

 

 

La guerra de las palabras: Imágenes, ficciones, opiniones …

La comparación de Perón y Evita con el caudillo Juan Manuel de Rosas y su esposa Encarnación Ezcurra reflejó, durante los años peronistas, una de las tantas perspectivas de la oposición, en la que Perón representaba la versión moderna del pasado bárbaro argentino. Pero sobre todo, el discurso mítico antiperonista apuntó sus cañones hacia la figura de Evita, cuya biografía -a veces deformada- se recrea  desde entonces en obras de teatro, cuento, poesía, novelas, musicales, películas, series televisivas, artículos periodísticos, etc., difundidos en todo el mundo (Navarro, 2002: 23-38).

 

El término peyorativo “peronato” fue otra de las maneras de definir el fenómeno desde la oposición. También el vocablo “peruca” –de uso actual- representa la forma descalificatoria del peronista.

 

Jorge Luis Borges fue uno de los escritores que representa el conjunto de los intelectuales de tendencia antiperonista. Durante décadas fue identificado por su rechazo al peronismo y por sus opiniones a favor de las dictaduras, aunque después se desdijo de sus adhesiones a los Procesos Militares, como testimonia el poeta Juan Gelman (Poderti, 2002). A raíz de sus declaraciones periodísticas fueron muchos los años en los que estuvo excluido de las bibliotecas argentinas y de las conversaciones literarias. Sólo se lo nombraba para remarcar su condición de reaccionario, aún cuando su carrera literaria creciera en otros países y recibiera distintos galardones.

Durante todo este tiempo, Borges fue el símbolo del antiperonismo. En 1945, su madre y su hermana fueron detenidas por haber participado en manifestaciones contrarias al líder. Al año siguiente, mientras Perón seguía consolidando su carrera definitiva hacia el poder, Borges firmó varias declaraciones junto a intelectuales opositores, como Leónidas Barletta, Adolfo Bioy Casares, entre otros. Por ello, meses más tarde, funcionarios peronistas lo transfieren, de su labor de bibliotecario, al puesto de “Inspector de aves y conejos en los mercados y ferias públicas”. Borges renuncia al cargo y, venciendo la timidez que lo caracterizaba, comienza a dar conferencias en Argentina y Uruguay. Cuando se funda la revista Anales de Buenos Aires es nombrado su director y más tarde es elegido Presidente de la Sociedad Argentina de Escritores.

Ese mismo Borges sería el que, en su literatura de los años ‘60, decodificaría los signos más caros al peronismo. En el relato “El simulacro” de Jorge Luis Borges se re-presenta un funeral donde “El enlutado no era Perón y la muñeca rubia no era la mujer Eva Duarte”. Borges da comienzo así a una tradición textual sobre el cadáver. Es una corriente literaria-mitológica-ficcional que se instala en el campo de las representaciones sociales, y que, contrariamente a la línea que todavía busca el “cuerpo vivo” de Eva, ahondará en la realidad del “cuerpo muerto”, pensado como cierre y clausura de un tiempo histórico (Borges, Obras Completas, 1996).

 

La frase de Eva Perón “Para no dejar en pie ningún ladrillo que no sea peronista”, explicita ese proceso de colonización lingüística que hemos analizado en el apartado anterior y que atravesó la historia política de Argentina. Aquella frase se inserta en el último discurso que pronuncia en un acto público -el 1º de Mayo de 1952, en la tradicional congregación por el día del Trabajador-, evento organizado por la CGT. En un contexto en el que se refiere a la presión de los traidores que “quieren dejar el veneno de sus víboras en el alma y en el cuerpo de Perón”. Ante esa posibilidad, Eva se compromete a salir “con los descamisados de la patria, muerta o viva, para no dejar en pie ningún ladrillo que no sea peronista” (en Viola, 2000: 98). 

 

Este fragmento del discurso de Eva Perón contiene los grandes íconos de la doctrina justicialista. Aparece el término “descamisado” derivado del léxico de la revolución francesa: “sans culottes”, un vocablo adoptado por Perón y Eva en gran cantidad de sus discursos. En el contexto peronista el “descamisado”, literalmente “sin camisa”, era la figura de los hombres y mujeres pobres a los que el peronismo les otorga protagonismo dentro de la revolución social. El General Perón se retrotrae a los significados históricos de esa palabra, re-semantizándola en un discurso del 28 de diciembre de 1945: “No nos ofenden porque nos dicen “descamisados”: no olvidemos que los descamisados de la vieja Francia fueron los que señalaron un nuevo rumbo a la humanidad” (Perón, 1997: 199). En un segmento de su clásica alocución del 1º de mayo de 1952, Perón afirma el poder de este “insulto glorioso”:

 

 

Sin duda el éxito político del matrimonio Perón fue el de entregarle el protagonismo de la historia a los sectores desfavorecidos, como reconoce Perón en su discurso del 1º de mayo de 1948:

 

“Cuántas veces me han preguntado cuál es la causa de nuestro éxito, he respondido sin titubear: nuestros descamisados. En estos momentos en que se cambia el destino de la Patria y en que la Historia cambia su curso, quedará determinado en forma imborrable todo lo que se le debe a ese descamisado que supo sacrificar su propio beneficio en aras de la colectividad, que es su patria. Es a ese conglomerado de trabajadores que la Argentina debe su presente y deberá su futuro. Y como este movimiento ha salido ya de nuestras fronteras para dejar de ser peronismo y convertirse en el justicialismo social, no será difícil que podamos decir algún día que la felicidad del mundo se debe al descamisado argentino” (Perón, 1997: 367-368).

 

Esta estrategia peronista fue criticada por sus acérrimos enemigos y también por los historiadores antiperonistas, como Enrique de Gandía, quien escribe su historia de la argentina contemporánea inserta en la Historia de H. G. Wells. De Gandía realiza el diagnóstico de la gestión de la dictadura de Perón, destilando su típico estilo moralizante:

 

“Hubo y hay políticos, en la Argentina y en América, que para conseguir votos y triunfar en las elecciones, adulan a la peor parte del pueblo, la menos culta, a la más resentida contra su propio destino o sus propios defectos. Estos políticos aprenden siempre demasiado tarde lo que significa poner en manos inconscientes, irresponsables, los intereses de la Nación, el fin supremo de ese pueblo del cual ellos forman parte. El caso argentino… es un ejemplo de esta inmensa verdad. Los antiguos bien sabían los peligros que encierra el postrarse ante la parte más desdichada del pueblo”.

 

 

Otro término asociado semánticamente al de “descamisados” es el de “grasitas”,  nombre cariñoso con el que Evita y Perón llamaban a la clase social más carenciada… Evita solía decir: “Yo doy mi vida por Perón… y estoy dispuesta a arrastrarme ante quien sea para protegerlo a él y a mis grasitas” (Cafiero, 2002: 60). En el contexto del discurso peronista, “grasita” pasa a ser sinónimo de “descamisado”, “obrero”, “cabecita negra” y “trabajador”, configurando el sector oprimido de la sociedad que toma protagonismo en este período histórico, encendiendo la ira de la clase principal.

 

Por su parte, los peronistas también desarrollarán un vocabulario destinado a identificar a sus enemigos y defenderse de ellos.

 

En el marco del enfrentamiento con las fuerzas clericales del momento, la palabra “chupacirios” era el nombre dado en la lengua coloquial a los católicos, dentro del marco de la enemistad abierta manifestada hacia la Iglesia en ciertos tramos del gobierno de Perón. Recuérdese que el líder reformuló, en su cuerpo doctrinario, la influencia de la Iglesia Católica y le otorgó al peronismo los rasgos de una religión sustitutiva de aquélla (Segovia, 2001: 17).

 

En el vocabulario de Eva Perón también se los identifica como “fariseos clericales” (Cafiero: 2002: 59). Debe consignarse que la Iglesia católica había condicionado el triunfo de cualquier partido político que no se encuadrara dentro de sus preceptivas, generando continuas disputas con el poder político, como puede leerse en la Carta Pastoral del Episcopado del 15 de noviembre de 1945, que expresaba: “Ningún católico puede votar a candidatos que inscriban en sus programas los principios siguientes: 1) separación de la Iglesia del Estado 2) supresión de las disposiciones legales que reconocen los derechos de la religión y, especialmente, el juramento religioso; 3) el laicismo escolar y 4) el divorcio legal” (Deleis, Titto, Arguindeguy, 2001: 446).

 

La expresión “cristianismo peronista” es la que mejor resumiría la relación de coincidencias y conflagraciones entre Perón y la Iglesia católica que recorrió todos sus años de gobierno (Zanatta, 1999; Di Stefano y Zanatta, 2000).

A fines de 1954, el enfrentamiento de Perón con la comunidad eclesiástica la puso frente a un dilema. El gobierno promulgó la Ley de Divorcio, reconoció los derechos de los hijos ilegítimos, legalizó la prostitución y prohibió los actos religiosos públicos. En las concentraciones de la CGT y el movimiento justicialista se leían carteles con la inscripción “Ni curas, ni marxistas, peronistas”. En mayo de 1955, el Congreso aprobó la ley que abolía la enseñanza religiosa en las escuelas públicas y decidió anular la exención de impuestos a la propiedad de la Iglesia…  Además el gobierno deportó dos obispos a Roma acusándolos por “actividades subversivas”.

 

Estos hechos fueron el caldo de cultivo de la tensión que estalló el 16 de junio de 1955, cuando grupos organizados quemaron varias iglesias de Buenos Aires y se produjo una verdadera guerra en la Casa de Gobierno. La idea de que un golpe de Estado se cernía sobre él, obligó a Perón a ofrecer su renuncia y también a retirarla en un mismo día: el 31 de agosto. Ese día el general Eduardo Lonardi inició el levantamiento militar que habría de culminar con el asilo de Perón en la embajada de Paraguay (Gerchunoff y Antúnez, 2002: 193-194).

 

Así, gran parte del fracaso político de Perón en su segundo gobierno se debió a su enfrentamiento con la Iglesia Católica. El mismo presidente que había restablecido la enseñanza religiosa en las escuelas públicas y que había elogiado la cláusula constitucional de apoyo oficial a la Iglesia en la primera etapa de su mandato, impulsó luego el ataque a las jerarquías eclesiásticas. A tal punto se había abierto la brecha, que el lema del antiperonismo enarbolado en setiembre de 1955 sería el de “Cristo vence”.

 

Por otra parte, la confrontación ideológica que se opera en el seno del justicialismo puede explicarse a partir de la conocida frase “Ni yanquis, ni marxistas, peronistas”. En este sentido, Perón declara: “El mundo está dividido entre comunismo y capitalismo.. Nosotros nos decidimos por el justicialismo, y se nos ponen en contra los dos, porque ellos no buscan la solución para el pueblo, sino que buscan la solución para ellos (Perón, 1997: 151).

 

Así definidos como detentadores de valores “antipatrióticos” los comunistas se integran a una de esas dos posiciones ideológicas que incitarán la “próxima guerra”, según declaraciones del General Perón realizadas en 1947. El temor a la infiltración de los comunistas, hace que Perón denuncie que actúan como “lobos con piel de cordero” (Perón, 1997: 523). Según el líder, ellos dicen apoyar los actos del Poder Ejecutivo, pero marcan directivas para el saboteo de la labor social, fomentando las huelgas, anarquizando las clases populares para desviarlas de la ruta que emprendieron. Calificándolos de “Totalitarios”, Perón los equipara a los otros partidos que se oponen a su sistema de gobierno. Así, “imperialismo” y “comunismo” son los dos sectores en pugna por el Poder: “Si el que ataca a un país es el capitalismo, lo que le interesa es dominar en el gobierno y en los centros económicos. Si el atacante es el comunismo, le interesa dominar en el pueblo”, dice Perón el 27 de julio de 1951 (Perón, 1997: 526-527). 

 

Con el término “cipayo” el peronismo designaba al “vendepatria” (con su variante “antipatria”), es decir, a aquel que sirve a intereses extranjeros[2].  En este campo semántico, los “traidores” son definidos como los oligarcas, los vendepatrias, los explotadores de la clase trabajadora (Discurso de Eva Perón, en Viola, 2000: 89). También se engloba dentro de la categoría de los traidores a los sectores militares que se oponían a Perón y que serán quienes en 1955 lo derrocan. Según el General Perón es traidor quien, dentro del mismo movimiento, lucha contra otro grupo peronista para defender intereses personales. Perón instiga a que ese traidor sea identificado y arrojado de las filas del partido (20 de mayo de 1947, Perón 1997: 201). Es recordada la expresión: Los vendepatrias, prueba de una traición”, pronunciada por Perón, en 1956, durante su exilio en Caracas. Así, la presión de estos traidores tanto “de adentro” como “de afuera”, es una constante amenaza que se cierne sobre el general Perón y que es advertida por su esposa Eva Duarte en variadas oportunidades, cuando se refiere a los “contreras”.  

 

Con el nombre de “gorilas”, los peronistas designaron a los miembros de las Fuerzas Armadas que encabezaron la oposición férrea al gobierno de Perón, hasta lograr su derrocamiento en 1955. En un relato de Osvaldo Soriano, titulado “Gorilas”, aparecen caracterizados estos personajes como los “milicos que destrozaron a martillazos la estatua de Evita” (en Olguín, 2000: 106-107). Recuérdese que, cuando Perón expulsó a Montoneros de la plaza aquel 1º de Mayo de 1974, las columnas de la Juventud Peronista se retiraban cantando: “Qué pasa, qué pasa general, que está lleno de gorilas el gobierno popular”. Este reto verbal con el líder anticipaba el escenario de violencia que signaría los años del binomio Isabel Martínez-López Rega y los más escalofriantes de la dictadura Militar.

 

Finalmente, este recorrido a través de las pugnas léxicas de aquellos años de peronismo y antiperonismo, desemboca obligadamente en un sitio: La Plaza de Mayo, que fue testigo de las mayores batallas verbales de la historia. Éste fue el punto de encuentro obligado entre el líder y las masas populares, el lugar en el que estos interlocutores mostraban sus deseos e ideas, el espacio en el que el pueblo se expresaba y en el que se programaban futuras acciones. Es el lugar “maldito” para los antiperonistas, que desaprobaban la presencia de las masas, a las que llamaban: “la barbarie”, “el naziperonismo”, “horda de descalzados”, “lumpen-proletariado”, “malón peronista”, “el candombe”, e identificaban como “los que se lavaban las patas en las fuentes”. Estas son algunas de las tantas figuras del pueblo en la Plaza desde la mirada del Partido Comunista, del Partido Socialista o los sectores tradicionales de la oposición peronista.

 

Arturo Jauretche también consigna el término “placeros”, que se crea dentro del ambiente opositor para aludir directamente a los peronistas. Esta palabra entraba en colisión semántica con la palabra “rotarianos”, los integrantes del Jockey Club, los profesionales y los comerciantes acomodados (Jauretche, 1984: 248).

 

Recordemos la plaza enardecida e indignada ante la idea del renunciamiento de Evita en 1951. Y las últimas palabras de Perón, que sacralizan aquel espacio de la Plaza, en la que el líder dialogaba con el pueblo. Cuando ya vislumbra su muerte, el 12 de junio de 1974, en el corolario de su discurso a los trabajadores congregados en la Plaza de Mayo (Graham-Yooll, 2000: 82), Perón se despide de su pueblo:

 

“Para finalizar, deseo que Dios derrame sobre Ustedes todas las venturas y la felicidad que merecen (aplausos) Les agradezco profundamente el que se hayan llegado hasta esta histórica Plaza de Mayo. Yo llevo en mis oídos la más maravillosa música para mí, es la palabra del pueblo argentino”…   

 

 

[1] Cuando Perón convirtió su Doctrina en “Doctrina Nacional”, mediante la reforma constitucional de 1949, se inició el proceso educativo impulsado por el partido y la Escuela Superior Peronista. Perón estaba convencido de que cuando la doctrina del justicialismo fuera conocida por todos, no quedaría un argentino que no fuera peronista. A tal punto le da importancia al adoctrinamiento que llega a expresar, el 25 de julio de 1949: “para mí no cuenta solamente un peronista afiliado al Partido Peronista; cuenta más el peronista que sienta la Doctrina, aunque no esté afiliado al Partido” (Perón, 1997: 208).

 

[2] Recordemos que vocablo proviene del persa sipahi, “caballero turco”. En Francia se llamaba así, durante los siglos XVIII y XIX, al soldado indio al servicio de un país europeo. Con el nombre de ‘rebelión de los cipayos’ se conoce a la Revolución india de 1857 contra la dominación inglesa, que fue pródiga en excesos y crueldades por ambas partes. En el siglo XX la palabra tiene un sesgo peyorativo, en tanto denomina al “secuaz a sueldo”. 

 

 

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